Carlos Plaza

La bodega está situada a las afueras de una pequeña aldea extremeña de apenas 300 habitantes: Aldea de Cortegana, en la provincia de Badajoz, en el centro del triángulo Almendralejo, Badajoz, Mérida.

Rodeada por inmensos campos de viñas y olivos y por el silencio más absoluto, únicamente interrumpido por los tractores de los agricultores que vienen y van a trabajar a la viña y por los ladridos de sus perros, que corren tras ellos como fieles escuderos.

En este entorno de paz, donde la inspiración parece nacer, se levanta una bodega de arquitectura tradicional, equipada en su interior con la última tecnología al servicio de la elaboración y embotellado de vinos. Una bodega de apariencia austera cuya única pretensión es sorpender en la copa.

Todo a su alrededor susurra Extremadura, el campo, el clima, el sol en la cara, el sudor en la frente y el frío en las manos. Desde aquí, podemos observar las labores de la tierra y el cariño y pasión por un oficio que, para algunos, es el más antiguo que se conoce por estos lares.

Hoy en día, nosotros somos testigos y actores emocionados del esplendor de una tierra que elabora con la más avanzada tecnología las viñas ancianas de nuestros abuelos.

Sólo algunos privilegiados han sabido apreciar ya el potencial de esta tierra. Así, el tristemente desaparecido Joan Milá, el prestigioso enólogo catalán, lo vislumbró hace años; suyas son las palabras: “Extremadura es la California europea, y cuando se den cuenta, pueden, como aquellos, imponer sus privilegiados vinos en todo el mercado europeo”.

Extremadura, la eterna desconocida. Nada es eterno.